Querido desconocido

Yo en Chueca

Querido desconocido:

Tanto tiempo hace que no sé de ti, y, sin embargo, aún me atrevo a escribirte. No sé si recibirás esta epístola, y, si es así, ni siquiera sé si desearás leerla. Tanto tiempo hace que sucedió todo aquello. Y yo sigo aquí, deambulando por el mundo como te prometí. No podía detenerme, no me culpes, soy una trotamundos deseosa de conocer y recorrer nuevos caminos.
Esta semana pasada el destino me arrastró hasta una playa lejana, muy lejana de ti y de todos los recuerdos. No sabes cómo era. No puedes imaginarlo. El mar era tan azul… Azul, como tus ojos. Pero no era un azul como el de aguas caribeñas, sino profundo, un azul profundo. Como tus ojos. Me miraba el mar tan fijamente que me convenció para adentrarme. Me bañé y sentí sus caricias. ¡Y la arena! Tan fina, como tus manos. Delicada, muy delicada y suave era la arena. Las montañas tampoco dejaban lugar a dudas: altas, enormes, pero tan frías… Como tú ya al final, cuando decidí marcharme.
Pero el camino me depara aún más sorpresas. Prados verdes y muy vastos, tan extensos, tan infinitos como mi amor por ti. Sí. Y como el tuyo por mí. O eso creía yo. ¡Ingenua adolescente! No imaginas cuánto te he echado de menos, cuánto te extraño aún hoy.
¿Y mañana? Mañana cambio de ruta. Marcharé hacia el oeste. Más todavía. Me han dicho que por allí hay un lago que, si tiras un amuleto, te cumple un deseo. ¿En serio? ¿Y si pido que me perdones por haberme marchado? ¿Y si pido que vengas conmigo en mis viajes? ¿Tú crees que lo cumplirá?
Un abrazo muy cálido de tu amante olvidada.

Foto: “Recién encontrada”, por Las Heras (que a partir de ahora pasa a llamarse Bumeran)

Publicado en on Viernes, 17 Abril, 2009 at 0:28 Dejar un comentario
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Corazón roto

Blue

La felicidad no existe. Es sólo una ilusión. Es sólo lo que un corazón quiere ver, lo que quiere sentir tras haber sentido en el estómago un ligero vuelo de mariposas. Es lo que quiere sentir tras haber oído de una boca amiga una promesa… una promesa inquebrantable…

Y, sin embargo, todo se rompe. Las mariposas se vuelven cucarachas, y la promesa se desvanece en el aire. Aún con dos temas diferentes, el corazón tiembla: en un caso por amor; en el otro, por una amistad profunda.

Nada tiene sentido cuando ambas cosas fracasan… nada.

El cielo se oscurece, la música desafina, las nubes se tornan grises, los árboles forman ramas asesinas, el río de repente puede desbordarse y arrasar con todo… Puede ocurrir esto, pero a ese corazón le dará igual. Ha perdido un posible amor (una antigua amistad, por una tontería), y ha perdido también un amigo.

¿Qué hacer con un corazón solitario, perdido, roto?

No hay remedio, sólo arrancarlo del pecho y enterrarlo en un cofre, cerrado con una llave que después se lanzará al mar, a lo más profundo del océano, para que nadie pueda abrirlo ni, por consiguiente, rayarlo, herirlo aún más…


Foto:
“Blue”, por Las Heras

PD: Un texto del día 01/12/07

Publicado en on Martes, 31 Marzo, 2009 at 11:34 Comentarios (1)
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Locos adorables

El primo de toda la vida, el camarero loco, el amigo guapo del primo, el amigo porreta, y un largo etcétera. ¿Quién no los ha tenido alguna vez? Yo no iba a ser diferente. Y hoy les dedico este artículo (si puede llamarse así), porque están locos, sí, pero resultan adorables y se ganan el cariño.

El primo que prácticamente me ha criado y que ahora me cuida e incluso le cuido yo (un poco) al salir de fiesta. Ese primo al que tanto quiero y que me agrada la estancia en aquellos lugares. ¿Y quién sino él me va a presentar a todos los demás? Es el hilo conductor de todo un proceso.

¡El camarero loco! ¡Claro! ¡Y bien loco! Pero bien adorable también. Le tengo que agradecer haber estado ahí siempre que he ido y acogerme tan cariñosamente en su bar. ¡Por ti! Porque sabes que nadie podrá reemplazarte nunca, y que, aunque no haya ido tantas veces como quisiera por ahí, tú eres el mejor camarero que ha habido y que habrá.

El amigo guapo… mmm… Sí, claro que hay. Un amigo… pues eso, guapo y con buen cuerpo. Pero oh, buen amigo del primo. Inconveniente, aunque cómico. Pero no sólo es guapo, sino que es un buen tipo que me cuida por ser la prima del amigo… Adorables, si ya lo digo.

Acabaré con el amigo porreta, aunque podría no terminar nunca. Los demás que también se den por aludidos. Este… Este es el amigo que siempre tiene un peta en la mano, que dice tonterías y bebe el que más. Tiene apariencia de tipo duro, pero es probablemente el más adorable de todos. No tengo mucho que decir acerca de éste, tan solo que también es un buen chico (los ojos son el espejo del alma) y que le tengo mucho cariño.

Y así termino este pequeño texto que prometí al camarero loco. Como ves, cumplo lo que prometo. Y sí, estos son mis principales locos adorables, y los presento como si de un catálogo se tratase. Y es que, como tal, es complicado elegir a uno, pues en conjunto forman la locura absoluta. Están locos, sí, pero también son buena gente y responsables, que a fin de cuentas es lo que importa. Locos… pero locos adorables.

Publicado en on Jueves, 26 Marzo, 2009 at 15:59 Dejar un comentario

Paz

Silence

Estaba tumbado en una cama. Le dolía todo el cuerpo. Escuchaba pitidos intermitentes y estaba invadido por tubos: en la nariz, en la boca, en los brazos… Todo él eran tubos. Recordaba aquellos tiempos en que podía correr, en que salía a correr con sus pequeños, Ander y Mikel, y su pastor alemán, Thor. Recordaba también cuando conoció a su mujer, su querida Amaia. ¡Cuánto la quería! ¡Cuánto le quería ella! ¡Cuánto había hecho por él! Y él se lo devolvía así: postrado en una cama hasta el fin de sus días. Sabía que eran escasos, pues todo le dolía cada vez más. Ya apenas abría los ojos para recibir a las visitas de familiares que llegaban para verle, y ya de paso, para despedirse.

¡Aquel maldito tumor que se apoderó de su pulmón! ¡Cáncer! ¿Quién demonios lo llamó? ¿Quién decidió que aquello acabara con su vida? ¿Trasplante? Sí, claro. Nunca llegó. ¡Maldita sea! El otro día escuchó a lo lejos a los médicos. Les oyó decir que apenas le quedaban unos días. Entonces escuchó el llanto desesperado de una mujer. Amaia. Ella preguntaba con esperanza si existía alguna posibilidad de salvarle. Los médicos tardaron en contestar, elaborando la respuesta perfecta. Dijeron que ya no había posibilidad de trasplante, pues el tumor se había extendido a otros órganos vitales.

Sentía el fin cada vez más cerca. Escuchó un susurro. Hizo un esfuerzo por abrir los ojos. Observó la habitación. Entonces vio, en el marco de la puerta, a una mujer apoyada. Llevaba un vestido negro que la hacía irresistible. Sonreía. Su tez fina aparentaba una intensa suavidad. Se acercaba lentamente, con una sonrisa preciosa. Él pensaba en Amaia, pero esta mujer le estaba hechizando sólo con la mirada. Se sentó en la cama. Él empezó a sentir menos dolor. El pecho apenas le dolía. Qué paz. Ya no dolía. Él quería preguntar quién era ella, pero no podía articular palabra. Sólo lo pensó. Ella extendió su sonrisa, como si hubiera escuchado su pregunta mental. Le pasó la mano por la frente. Sí, era extremadamente suave. Y muy fría. Él sintió entonces paz. Le dejó de doler todo definitivamente.
Aquella mujer era la Muerte, que venía a dar paz a quien ya no podía soportar más dolor.

Foto: “Silence”, por Las Heras

Publicado en on Sábado, 14 Marzo, 2009 at 17:06 Comentarios (1)

Tan lejos…

Back
Se acerca. El día se acerca, y sin embargo te siento cada vez más lejos. Más ausente, más lejano. Como si ya no quisieras verme. Como si no quisieras besarme. Tal vez no quieres. No lo sé. No lo veo. No soy capaz de verlo. Estás tan lejos… tan lejos… Cada vez que miro al cielo todas las estrellas se parecen a ti, pero me miran. Ellas me miran. Tú no. A ellas las veo cada noche. A ti no. No eres una estrella. Ellas brillan, relucen gritando que quieren vivir, se aferran a la vida, a esa vida que yo no tengo, y que nunca tendré. Una vida brillante, luminosa en medio de la noche oscura.

Mis ojos te buscan en cada esquina, pero no eres tú. Tú ya no estás. Y mi vida ahora está agitada, pero sigo pensando en ti, aunque sea un mísero minuto en todo el día. Por las noches acudes a mis sueños y me susurras que no pasa nada, que todo saldrá bien y que pronto nos veremos, que pronto estaremos juntos. Yo sé que no es verdad. Que nunca estaremos juntos. No como yo quisiera. Y me besas la mejilla, y me abrazas. Y me duermo.

Y los rayos de sol de la mañana me despiertan. Frunzo el ceño y abro los ojos. No estás. Como siempre. No estás, y nunca estarás. Me resigno a ello, pero me duele. Y te vuelvo a recordar. Aquella vez. Imagino la próxima vez, cada vez más cercana. Pero tú tan lejano… tan lejano…

Foto: “Back”, por Caótica

Publicado en on Viernes, 6 Marzo, 2009 at 21:31 Dejar un comentario
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Siempre necesario, nunca imprescindible

Hanging on the telephone

Mirando y mirando una vez más. Releyendo todo aquello y esperando algo nuevo. Aquellos mensajes de móvil. Aquellos mensajes de hace más de un año. ¡Quién lo diría! Más de un año. Y yo sigo aquí. Esperando. Esperando más. Que vuelvas a escribir cosas como aquellas. Tan bonitas. Pero no.

A su vez, camino intentando no volver la vista atrás. Porque duele. Duele el corazón. Cada vez que recuerdo todo aquello me oprime el pecho y llora mi corazón. No quiero mirar atrás. Camino hacia delante, pero mirando el móvil. A veces siento el impulso de borrarlo todo. De quemarlo todo y reducirlo a cenizas. Así no quedará nada. Recuerdo, sí, pero nada más. Y los recuerdos desaparecen poco a poco. Es difícil olvidar teniendo un puente hacia el recuerdo al alcance de la mano. El teléfono es ese puente.

Sin más. Borraré aquellos mensajes algún día, ¡quién sabe! Tal vez. Tal vez cuando me enamore. Y tú ya no seas necesario. Y todo se olvide. Sí, tal vez cuando eso suceda, tenga el valor de derrumbar el puente hacia mis recuerdos. Sí, tal vez. Pero, ¿sabes? Ahora mismo sólo puedo decirte una cosa: Eres necesario, pero nunca imprescindible.

Foto: “Hanging on the telephone”, por Caótica

Publicado en on Jueves, 22 Enero, 2009 at 2:47 Dejar un comentario

La última vez

No recuerdo cuándo fue la última vez que sonreí. Cuándo los pájaros y las aves aún cantaban por mí. Si pudiera admitir al menos que te perdí… Mi corazón está loco, cuando al pensar lo alboroto salta y salta, está nervioso. De nuevo la lucha, la mítica lucha. Intento decirle que hace tiempo que te fuiste, que tus besos se dirigen al peor de los infiernos. Pero no me cree. Su esperanza perdura y perdurará hasta que lo rompas… una vez más.

Y si tus ojos supieran cuántas veces los busco en las miradas de cada noche, cada esquina y cada hombre… Si tus ojos lo supieran no me dejarían ir. No sufro, pero si te pierdo una vez más mi esperanza moriría, se ahogaría con la tierra que de tu garganta emerge pronunciando las palabras que mi corazón más teme.

No caminé diecinueve años para detenerme aquí. No vacilé ni un segundo en besarte ni en partir. No perdí las esperanzas que me retienen aquí. Pero ya va siendo hora, pues te fuiste… y te perdí.

Publicado en on Sábado, 3 Enero, 2009 at 21:26 Comentarios (2)

Mañana

It gets dark

Se acaba el año. Una temporada. Un tercio de una estación. Y yo sigo igual. El camino se desliza ante mis ojos y mi impotencia crece cada vez más. Debería estar allí. ¿Sí? Tal vez no. ¿Debería? No.
El destino juega sucio. Me envenena con quimeras perdidas y me arrastra a los abismos de la locura. No, yo sé que no muero por ti. Pero el deseo es más fuerte que el amor. Siempre lo ha sido y siempre lo será. ¡Pero si fuera sólo deseo…! No. Es nostalgia. Melancolía. No quiero perder tantas cosas, aunque sé que el tiempo se encargará de pasar un paño por encima de todas ellas y las borrará para siempre. Y tú no me recordarás. Y yo viviré asomada a una ventana, observando el horizonte y recordando y maldiciendo todos los besos que no te di y todas las noches que no pasé contigo.

Pero será tarde. Mañana tú no sabrás quién soy. Yo seré mayor, tú lo serás aún más. Y no existirá nada entre los dos, todo se habrá esfumado. Mañana yo recordaré los inicios de mi juventud, cuando tú ocupabas todos mis pensamientos y no había nada más. Pero hará tanto tiempo que no sé de ti. Y más aún que no hablo contigo. Y tú no sabrás quién soy. Se acabó.

Foto: “It gets dark”, por Las Heras

Publicado en on Jueves, 1 Enero, 2009 at 3:15 Comentarios (2)
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¡Qué importa!

Grey

Un día gris. Como otro cualquiera. Como cualquier otro. La lluvia penetra por los huecos de las tejas de la iglesia. Esa iglesia de enfrente. Donde reside Dios. Ese Dios que ignora tantas cosas, que desprecia bien a los que no pueden beneficiarle, o bien a los que no pueden creer en él, a los que no pueden amarle.
El frío aire se cuela por mi ventana, tiemblan los cristales. Y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Frío. Cuánto frío. Apenas es por la mañana. Hará más frío al anochecer.

Llueve sobre mi alma, el frío penetra por mis venas hasta mi corazón. No me encuentro bien. Necesito calor. Un calor infinito, una hoguera que nunca se extinga. Sí. Eso es. Calor. Mucho calor. Alguien que me abrace a la vez que rayos de sol mueren en mi piel, tostándola. Verano. Eso es. Verano. Necesito verano.

Y para más inri, incubo algo. Mi garganta empieza a arder y me oprime. Y mi nariz cada vez pierde más el sentido del olfato. Bueno, para lo que hay que oler. Y para lo que hay que comer… ¡Qué importa que mi cuerpo entero se encuentre en crisis mientras tú no estés! ¡Qué importa que llueva y haga tanto frío mientras no te vea! ¡Qué importa! Tan sólo he de preocuparme por mi estado cuando se aproxime la hora en que tus ojos negros vuelvan a clavarse en los míos y tus labios se apoderen de los míos. Mientras tanto, ¡qué importa! De hecho creo que es mejor sufrir ahora un catarro o gripe, así cuando te vuelva a ver estaré completa, al cien por cien, dispuesta a perderme contigo en cualquier rincón. Sí… mientras tanto, ¡qué importa!

Foto: “Grey”, por Las Heras

Publicado en on Sábado, 13 Diciembre, 2008 at 15:03 Dejar un comentario
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Caperucita

Ruido

Caperucita era una chica normal. Era alegre, tranquila y buena persona. Le encantaba estar con sus amigos y salir a bailar. Tenía veintidós años. Era estudiosa y estaba haciendo una carrera en la universidad. Responsable, no faltaba nunca. Tenía un novio. Era muy guapo. Caperucita era la envidia de todas las muchachas. Alguna vez habían intentado quitarle a su chico, pero él la amaba demasiado como para irse con otra. Caperucita estaba muy orgullosa de él.

Un día, la joven quedó con un amigo a quien hacía muchos años que no veía. Era un chico muy dulce y siempre había estado enamorado de ella. Pero Caperucita quería a su novio y nada en el mundo le importaba más que él. Pero estando en una cafetería sentados, apareció el novio. Les observó. Caperucita no se percató de que él estaba cerca. El amigo acarició su mano como señal de amistad. Estaban hablando sobre las vacaciones y él le había ofrecido su casa, sabiendo que nada sucedería, pues Caperucita no le amaba.

Mientras tanto, el novio fruncía el ceño y respiraba cada vez más fuerte. Apretó los puños y se fue.

Caperucita quedó esa noche con él. ¡Tenía tantas ganas de decirle que había vuelto a ver a su amigo de hacía años! Acudió al lugar de siempre: un banco perdido en un enorme parque. Era su banco. Se sentó. Esperó y esperó durante casi una hora. Nadie venía. Sacó su móvil y le llamó.

- Cielo, ¿dónde estás? Te estoy esperando.

- Estoy haciendo unas cosas en casa. Ven si quieres.

Ella se encogió de hombros y decidió ir. Solos en casa. ¡Eso sí que era suerte! Llegó. Él abrió la puerta, sonrió y dejó que pasara delante. Ella se sentó en el sofá y esperó.

- ¿Qué tal en el parque?- comenzó él.

- Te estaba esperando.

- No te aburrirías mucho.

- ¿Qué?

- Hasta pasada una hora no has llamado.

- Estaba esperando.

- Con él, deduzco.

- ¿Quién?

- Tu amigo.

- Deduces mal.- ella se incomodó- ¿Y cómo lo sabes?

- Os he visto. Crees que soy tonto, ¿no?

- ¿Qué? ¿Y por qué no te has acercado? Estábamos tomando algo. Hacía años que no le veía.

- No quería romper tan tierna escena.

- ¿Qué escena?

- Él te estaba acariciando la mano.

- Sí, es muy cariñoso. Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué estás celoso? Sabes que sólo me importas tú, no te pongas tonto, esto es absurdo.

- Claro. Y supongo que la hora del parque ha sido divertida.

- ¡No digas tonterías!- Caperucita se levantó del sofá dispuesta a irse.

Él la agarró del brazo.

- ¡No he terminado!- gritó.

- ¡A mí no me grites! ¡Suéltame!

- ¡No! ¿Qué hacías con él?

- ¡Hablar, nada más!- ella gritó más.

- ¡No me levantes la voz!- tiró de su brazo y la lanzó al suelo. Ella no lo entendía- Eres mía, ¿está claro? Sólo mía. No quiero que nadie más te toque o te acaricie. Ni siquiera quiero que vuelvas a hablar con ese cabrón. ¿Te ha quedado claro?

Ella se levantó e intentó irse. Él volvió a agarrarla del brazo.

- ¿Te ha quedado claro? ¡Responde!

- ¡Suéltame! Él es mi amigo y puedo quedar con él cuando me dé la gana. ¡Tú no me puedes prohibir nada!

Esta vez, él le dio una bofetada. Ella consiguió soltarse y echó a correr hacia la puerta.

- ¡Espera, espera! ¡Lo siento! ¡Se me ha ido la mano! ¡Escucha! ¡Yo no quería…!

No pudo decir más. Caperucita había salido corriendo.

Llegó a casa llorando. Se tiró sobre la cama y continuó desahogándose.

Pasaron las semanas. Un mes. Ella les había contado a sus amigas lo sucedido y todo había sido olvidado. No había vuelto a ver a su exnovio. Ni siquiera le recordaba ya. Una noche salió de fiesta con sus amigas, como de costumbre. Había estado muy bien aquel día. Bebió y se divirtió como nunca. Pero llegó la hora de volver a casa. Eran las cinco de la madrugada. Aún no había amanecido. Las calles estaban desiertas. Caperucita caminaba riéndose por dentro recordando la noche y todas las fotografías que habían realizado. El día siguiente su amiga se las pasaría. Se moría por verlas. ¿Y el chico del bar? Era guapísimo. Mañana era sábado y se lanzaría. Sí. Tenía que besarle. Lo necesitaba. Era tan guapo y tan simpático…

Algo interrumpió su sueño. De la esquina de una calle apareció una figura corriendo. Caperucita levantó la mirada y no le reconocía. Era de noche y la luz era limitada. Aquella persona se abalanzó sobre ella y la empujó a la pared.

- ¡Eh! ¿Quién eres? ¡Suéltame!- gritaba ella, con un nudo en la garganta.

Pero le miró a la cara y reconoció a su exnovio.

- Tú…- dijo. No pudo continuar hablando. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sabía lo que iba a pasar.

- Sí. Yo.- dijo él, y sonrió- He visto cómo hablabas con ese chico del bar.

- ¡Suéltame!

- ¿Recuerdas lo que te dije? Eres mía y solo mía. Y siempre lo serás. Y sino no serás de nadie.

Ella vio la mirada del chico clavada en sus ojos. Tenía miedo. Mucho miedo. Intentó soltarse de nuevo. Pero sintió un dolor en el estómago. Un pinchazo. Exhaló un gemido. Se sentía débil. Le miró.

- Bien. Ya no serás de nadie más.

El lobo había sorprendido a Caperucita en medio de un bosque de farolas artificiales. El lobo había engañado a Caperucita. El lobo, en fin, devoró a Caperucita.

Pero ningún cazador pudo impedirlo. En este cuento, ningún cazador pudo remediarlo. Y hay tantos lobos sueltos y tantas Caperucitas inocentes.

Foto: “Ruido”, por Las Heras

Publicado en on Viernes, 5 Diciembre, 2008 at 18:22 Comentarios (1)